lunes, 12 de noviembre de 2007

Lejos es más cerca

Desde ese día, deje de pensar en ella. Recuerdo muy bien cuando solía decirme: “Dejá de vivir para mí!”. Entonces, busqué mi mapa interior para ubicarme nuevamente. No sería la última vez que el corazón me jugase una mala pasada.

El otoño se hizo más plomizo y abandoné la eterna melancolía de vivir en otras personas. Redescubrí mi amor por las calles, volví a caminarlas y a comprenderlas. Hacia de mis viajes, cortos pero a la vez, emocionantes análisis sociológicos del entorno para luego sumergirme de vuelta en las constantes preguntas que se desprendían de los pensamientos. Pensé en aquellos que dormían en las veredas, en la mierda de los perros convirtiendo mi paseo en una rayuela constante dentro de la ciudad, que se alterna con insultos filosos, a veces susurrados y a veces exclamados, con miradas pérdidas hacia el cielo.

Y mi angustia se desvanecía, lentamente, dejaba de hundirme en mi propia soledad
mientras buceaba dentro de la vida real de aquellos que eran parte de mi mirada investigadora.

Encendí un cigarrillo, y las formas de humo emergieron como suspiros. Primero nerviosos y desordenados, luego relajados y sutiles.

Recordé a ella quejándose siempre por mis conductas irracionales y me observe a mi mismo adivinando la forma de su corazón, dibujándolo lentamente con mis dedos temerosos sobre su pecho. Contemplé las formas y los procesos de las personas a través de mi lupa y pude ver mis pesares más profundos en ellas.

Acerqué la lente, indiscretamente y pude verme otra vez, esta vez mucho más nítido. Era yo mirándolos a ellos, reflejándome en sus cuerpos que devolvían mi imagen contradictoria. Era mi mirada superadora y ausente en un tubo de ensayo. ¿Por qué soy el objeto de estudio? ¡Nada deseo menos que ver lo que hay dentro mío! ¿Quién conoce la forma de mi corazón mejor que yo?

Entonces pude alejarme y cerrar los ojos y así lograr ver mejor. Esta vez, pude observarla a ella con mi corazón en sus manos, sin saber que hacer y sobre todo sin conocer sus formas, y me di cuenta, tarde y para siempre. Nunca podrá comprender mi corazón, por no conocer las verdaderas formas del que habita dentro suyo.